miércoles, 28 de febrero de 2018

El miedo




Hoy me gustaría hablar de una de las emociones más básicas que existen, nos acompaña desde que nacemos hasta el final de nuestros días, el miedo. Este sentimiento es igual de necesario que otras emociones básicas, nos ayuda a ser precavidos y protegernos ante situaciones de peligro. Pero yo quería hablaros de un miedo muy específico y al que considero que, si no aprendemos a lidiar con él, nos puede hacer mucho daño. Me refiero al miedo a salir de nuestra “zona de confort”.
¿Qué es la zona de confort? con ese término me refiero a esa situación en nuestras vidas donde (nos vayan mejor o peor las cosas) estamos cómodos. Puede que no tengamos todo lo que queríamos tener en un principio, puede que hubiera mil y una cosas que cambiaríamos (¿Por qué no? ¡Todos deseamos un cambio de vez en cuando!) pero sin embargo no movemos un dedo porque nos hemos habituado a lo que tenemos (esa peligrosa línea que separa la aceptación de la resignación, pero eso será un tema para otro día).
Pensémoslo por unos instantes, parece ser que la evolución indica que eso es bueno. Originalmente las tribus eran nómadas y pasaron a ser sedentarios. Cada avance tecnológico nos hace la vida más fácil ¿Por qué debería complicarme en arriesgarme a salir de esa zona si todo va bien tal y como están las cosas? Ese es el problema, nos acomodamos. Como alguien sabio dijo una vez “para ser infeliz en esta vida no hay que hacer nada, simplemente seguir con tu día a día. Ser feliz sin embargo, eso es otra cosa, es un trabajo a tiempo completo pero ¿Sabes qué? ¡Merece la pena!”. Veámoslo con un ejemplo:
“Bastian desayuna todas las mañanas zumo de naranja de paquete, de cualquier marca. A menudo le preguntan ¿Por qué no lo tomas natural? Bastian ante esa pregunta pone cara de fastidio: - buf, tener que preocuparme de tener naranjas frescas, cortarlas, exprimirlas, después recoger y limpiar todo… de la otra forma cuando voy a la tienda compro los cartones de zumo que necesite, que me aguantan bastante y solo tengo que preocuparme de cuando me quedan pocos comprar más”.
Si lo analizamos fríamente, podemos ver claramente que en realidad ese fastidio no es para tanto, el trabajo de comprar las naranjas es equiparable al del supermercado, en el peor de los casos se puede dar un paseo a la frutería más cercana que siempre viene bien. Cortar, exprimir, y limpiar ¿Cuánto tiempo puede suponer eso, 5 minutos? ¿Cuánto tiempo perdemos al día en otras tonterías como quejarnos? El problema claramente no es ese, sino que Bastian ha entrado en su zona de confort y salir de ella requiere un esfuerzo. Ahora si pensamos que Bastian decide hacerlo ¿Cuánto tiempo creéis que necesitaría para pensar que eso es un fastidio y apreciar las ventajas de tomarse un zumo recién exprimido cada mañana? Podéis pensar que no es lo mismo ese ejemplo estúpido (porque no decirlo) con grandes cambios como dejar el trabajo, cambiar de ciudad… pero la base es la misma. Ante un cambio, nuestro grande y querido amigo “el ego” nos va a poner mil justificaciones para no hacerlo y quedarnos como estamos, porque al ego le gusta las cosas tal y como están, tenerlo todo atado y controlado, dirigir la situación. Está claro que igual no todos los cambios nos benefician pero poco a poco deberíamos ser capaces de elegir por nosotros mismos y no por miedo.  Personalmente estoy escribiendo este post en este blog en lugar de otro (donde me hubieran pagado, poco pero me hubieran pagado) porque el miedo a no ser capaz de comprometerme a un mínimo de publicaciones me pudo. Pero en lugar de lamentarme lo veo como una oportunidad para desempolvar mi hobby y escribir. Así que os ánimo a de vez en cuando, salir de vuestra zona de confort. Algunas de mis mejores experiencias vinieron tras que me echaran de la universidad y tras tener que irme (temporalmente) a otra comunidad autónoma a trabajar. En el primer caso me obligaron a salir de mi zona de confort (irme a otra universidad si quería mi título) en el segundo acepté voluntariamente. Así pues, echarle un vistazo a vuestras vidas y preguntaros si merece la pena emplear cinco minutos al día en hacer algo que os haga felices.

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